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miércoles, mayo 30, 2007

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Durante un mes, el año pasado, fui a un taller de escritura. Y presenté este texto. Como no sé escribir cuentos ni soy un gran lector de ellos, me quedé a mitad de camino en muchas cosas. O sea, el principio y el final del texto pretenden tener sentido. Pero la historia flaquea, y la intenté cerrar de un renglonazo. En fin, lo que me interesaba era contar algunas cosas, sin ningún tipo de estructura. O, mejor, eso era lo que me salió. /"Cuando un hombre se ve encerrado sin remedio en una caja, empieza a decorar la caja"/.


1

Nadie ha de dudar de que esa noche estuve ahí. La fiesta empezaba temprano y habían anunciado alcohol gratis hasta las 12. No era un mal lugar para la última borrachera en la ciudad: sólo quedaba a diez cuadras de casa; la de mi vieja.
Tanteé en el perchero y encontré la campera. Salí justo a tiempo cuando mamá y Patricio, mi único hermano, se disponían al ritual de la cena. Él me miró por encima de su hombro. No me dijeron nada.
Caminé rápido hasta el barcito y me acerqué a una ventanilla. Cinco pesos en monedas; a cambio, el papel de consumición libre y la palpada del gordito que custodiaba la entrada. No es un mal trueque pensé, mientras me acomodaba los huevos. Empujé dos puertas como salidas de una película de John Ford. Pensándolo bien, las maderas despintadas y una bisagra floja encajaban mejor con un western de Perrone.
Me acerqué a la barra y pedí mi primer whiscola. Le ofrecí a la cajera un cigarro; hosca, la gorda lo rechazó. Menos mal. No tenía ni un pucho para ofrecerle.
El ambiente estaba cargado. Aparte del vaho despedido por el puñado de cuerpos que ocupaban el lugar, la calentura de muchos de los púberes que merodeábamos entre la barra y la pista condicionaba el clima; se desprendía un olor enviciado. Esa noche entendí por qué dicen que las mujeres te huelen la leche.
Mientras el lugar se poblaba y la gente aparecía de a grupos de 7 u 8 personas, el vaso no demoró en quedar casi vacío. No me gustaban las apretujadas y en otra situación habría comenzado a fastidiarme, pero rápidamente llevaba media docena de tragos encima y tenía ganas de abrazarlos a todos, sudor con sudor, de reírme sin tregua, de cambiar algunas trompadas y caminar entre los otros. También me daban ganas de chamullar como el loco de la otra punta de la barra.
En los parlantes empezó la cumbia y yo empecé a putear por lo bajo. Habría preferido bailar el vals en una fiesta de quince. En realidad, habría elegido no bailar. Sólo acodarme en la barra o sentarme en un mismo banco con una mina; tomar hasta verla hermosa; decirle que el lunar negro y peludo que lleva en su mejilla derecha la asemeja a Cindy Crawford, aunque el de Cindy luzca lampiño y casi dibujado debajo de sus labios finísimos, y el tuyo… en fin, el tuyo haya sido un descuido.
De todos modos no dejaría de llamarla Cindy. Y ella, no seas tonto, estás borracho, ojalá me pareciera a Cindy Crawford. Sin lugar a dudas, su ego habría crecido sin la menor autocrítica, al tiempo que mi paciencia recorrería el camino inverso: no es que me creyera gran cosa, pero a esa mujer que se había dibujado como premonición en mi cabeza no había por dónde entrarle sin traicionar para siempre el sentido común de los estómagos. En fin, nos reiríamos juntos, tomaríamos unas copas más y eso terminaría por diluir su defensa. Entregada de una vez, me dejaría estrecharle el culo con las manos.
El “Vamos los piiiibes” me alteró un poco. Le pedí a la que atendía en la barra vodka puro en un vaso largo. Faltaban diez para las 12 y la ley seca era inminente: nadie, aunque lo tuviera, parecía dispuesto a poner un mango. Tenés que mezclarlo con algo, me dijo sobre el vodka. Con granadina, contesté, sin demasiadas esperanzas. El trago estuvo listo. Una morocha no paraba de transpirar y de bailar, cadenciosa. Enseguida, el trago y yo nos acercamos a la pista.

2

Pasadas las dos apenas podía mantenerme en pie. No lograba convencer a nadie de que iba por las propias. Menos, cuando mi amigo Mati me encontró durmiendo de pie contra una de las columnas del bar. ¡Como si fuera tarea sencilla!, pensé. ¿Cuántos sobrios podrían hacerlo sin que les flaquearan las piernas? Siempre es fácil quitarle mérito a un borracho. A esa altura, la noche era un remolino.
Ella, creo, era la última que me quedaba para hablar. Casi amorfa, habría dicho un exquisito. Pero tenía unos buenos muslos amorfos. Sin darme cuenta estaba bailando mi primer tema de la noche.

Hermano es tu deber luchar para olvidar así a quien no te quiere
A quien gracias a Dios ya te olvido y encontró amor en su camino


Girábamos por la pista. Como si tuviese un significado en especial para los dos, ella no paraba de cantar la canción pegada a mi oído. Nuestras manos se agarraban y se soltaban. Se buscaban.

Olvídala, mejor olvídala
arráncala de ti
ya tiene otro amor
Olvídala, mejor olvídala
arráncala de ti
ve y busca otra ilusión


Dijo algo así como que estaban los amigos del ex novio. Seguimos bailando y me arriesgué en una voltereta. Juro que la sorprendí. Me preguntó si era cumbiero. No sé cómo hice pero me tragué la carcajada.

3

Después de un rato de bailar ya estaba hecho un trompo. Entre mareado y exhausto la invité a tomar un trago. La barra estaba casi desierta. Al final, el trago lo invitó ella, que se llamaba Lorena.
Me volví a cruzar con Mati, esta vez, en una situación más favorable. Te dejo en buenas manos, habrá pensado; me guiñó el ojo, se río por el estado de los míos y desapareció hasta la próxima noche. Lorena parecía aburrirse pacientemente. Salió otra vez con el cuento del ex novio y me llevó de la mano a caminar entre la gente del barcito, que cada vez era menos. Caminé compensando con tropiezos su paso sigiloso. No sé cómo hizo pero encontró un refugio en el piso de fango y nos sentamos. Es indudable que estuve ahí, mis pantalones están inservibles desde que se secó esa pasta que había en el suelo.
Empezamos a tocarnos como dos condenados. Me desabrochó el botón del pantalón y apretaba como podía la carne tibia y expansiva de mi pija. Mientras tanto, le succionaba uno de los flancos de su cuello y presionaba con toda la fuerza de mis dos manos el otro costado. El dolor debía de ser inaguantable; pero se lo aguantaba. Lorena había entrado en otro mundo y me tiraba del pelo. Cuando por fin vio que se me ponía tiesa empezó a pedir que me la coja ahí nomás. Tenía la cara desencajada y me cagué un poco en las patas. Yo le seguía el juego apretándole el cogote; era como el placer de una venganza.
Terminó de tirárseme encima y éramos una sola masa pegajosa, transpirada e indisociable. Después de un rato de amor viscoso, una patada accidental en su culo la alteró y nos separamos como dos perros que habían quedado abotonados. El pequeño puntapié de alguno la había vuelto sobre sí, pero no dejábamos de estar calientes.
Sin mediar palabra me llevó hacia el baño de mujeres. Entró como una luz, enfiló para un cubículo y cerró la puerta. Me quedé de frente a un espejo que me devolvía una imagen nebulosa. Eso me dio ganas de vomitar. Alucinado, me metí por donde había entrado Lorena.

4

De vez en cuando sentía unos pinchazos terribles en el culo. Al tercer o cuarto pellizco no pude disimular más el dolor y la bajé de encima de mí. Tenía los calzoncillos con un poco de sangre. Me di cuenta que con el peso de los dos habíamos partido la tapa plástica del inodoro y por eso me mordía sin piedad la carne del culo. Puse la remera sobre la tapa y se me volvió a montar Lorena. Mientras yo estaba nada más que con calzones, ella me rozaba insistente con sus jeans: esa noche, el dolor parecía inevitable. No quería sacarse los pantalones por nada del mundo y ni siquiera usó el pretexto de estar menstruada. Seguimos cabalgando: ella sin remera y yo cubierto por mis calzoncillos con sangre en el culo. Tiré la cabeza hacia atrás y la recosté sobre la pared del baño. Ella no paraba de lastimar con sus jeans mi pito que languidecía. Lorena casi no gemía. Entré en un estado somnoliento.

5

Mati no paraba de tirarme abajo todos los planes. Lo veía con su dedo acusatorio, repetirme: “Pero, qué carajo vas a hacer en Misiones. Te vas a cagar de hambre y de calor, te van a picar todos los mosquitos; en dos días vas a estar de vuelta por acá. Y, sino, te van a ir a buscar; tu hermano te va a traer de los pelos”. Yo le contestaba algo así como que no me hinchara las pelotas, que sabía lo que hacía. En realidad, no estaba seguro de lo que hacía, pero no era cuestión de andar admitiéndolo tan fácil. Se empezó a filtrar luz en la escena. Lorena había abierto la puerta y una mina de espaldas, mientras se lavaba los dientes, me miraba por el espejo con una mezcla de asco y estupor. Lorena dijo que era lindo pero que estaba muy borracho, y desapareció. Casi en bolas y despatarrado sobre el inodoro pude reincorporarme. La mina del espejo pegó un grito y salió corriendo. Sinceramente, no me encontraba en condiciones de explicarle nada al gordito de la puerta.
Me acomodé los calzoncillos, me puse bien lento los pantalones que ya parecían de cartón, me calcé la remera y las zapatillas. Descolgué mi campera de un gancho que colgaba desde el techo y me di abrigo. El chorro de la canilla de la gritona seguía corriendo y me lavé la cara. Después, simplemente salí del apestoso bar.

6

Tengo las piernas duras de tanto estar sentado. Me paro como puedo y empiezo a caminar por los vagones hasta encontrar el del bar. Estoy hecho una piltrafa con estos pantalones y esta campera. “Una ginebra”, le digo al que atiende. Me la empieza a servir en un vaso sobre la mesa. Le saco gentilmente la botella, me tomo medio vaso y lo completo con lo que quedaba en la garrafa. “Voy a tomarla por allá, estoy bien acompañado”, le explico. Doy la vuelta, camino unos cuantos metros y vuelvo a mi asiento. Le paso la copa a mi compañera de viaje. Me deja contarle otra historia.

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