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lunes, junio 18, 2007

El papá de Rozitchner

Recomiendo leer este post del filósofo Alejandro Rozitchner acerca de la vida familiar. El tema le sirve para presentar una mirada que me parece inteligente: muchas veces, creemos estar sosteniendo una postura ideológica coherente y original cuando, en realidad, esa suerte de postura es el resultado de una construcción que realizamos a partir de neurosis y frustraciones personales –en definitiva, limitaciones, incapacidades–.

Acerca de su vida anterior, en la que sentía que la familia era una institución burguesa y limitante de las capacidades afectivas, dice: “La mía no era una posición ideológica, ahora lo sé, sino una neurosis, una normal y simple neurosis de persona que no sabía bien qué era una familia, como no lo saben en realidad todos los que han vivido vidas familiares pobres y/o desquiciadas. Es verdad que no se trata de un problema muy original, sino tal vez de lo contrario: del problema más habitual y conocido. En muchos casos estas simples incapacidades aparecen luego revestidas de argumentaciones pseudo ideológicas, como si fueran posiciones personales respecto de cuestiones bien examinadas, siendo en realidad vulgares temores, límites personales transfigurados en planteos sociales o culturales”.

Me parece muy interesante. Alejandro es hijo del también filósofo (OK, algunos dirán que él es el "también filósofo") León Rozitchner y creo que en cada uno de sus artículos se nota el desprecio hacia la postura ideológica de su padre (o, “pseudo ideológicas”, según se desprende del párrafo anterior), que lo albergó también a él durante tanto tiempo de su vida. Creo que vive queriéndose diferenciar de cierta amargura izquierdista, cierta conciencia culpógena, ciertos reproches revestidos de pensamiento, que tanto mamó de joven. También me parece que en ese intento constante se tiende una trampa, porque destila un odio que pareciera combatir con sus apologías del entusiasmo y del amor y sus teorías de la perfección del mundo. A veces parece que sostiene posturas con el único fin de desmentir las que en algún momento abrazó y a las que ahora desprecia.

Su artículo es un buen disparador para reflexionar, en días de celebraciones, acerca de las complicadas relaciones que se tejen entre hijos/as y padres (o madres). Y acerca de cómo, cuando los conflictos en esas relaciones no son reconocidos, mejorados o solucionados, la vida se hace mucho, muchísimo más difícil. Un padre que permanece despreciado, idealizado o desvalorizado en nuestras mentes, se transforma en una condena tan anunciada como eterna.

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